¿Un nuevo ‘reset’? ¿Puede la Administración Trump normalizar las relaciones con Rusia?

Autor: Ruth Deyermond, King's College, Londres

ISSN: 2531-0569

Nº: 3/2017 (17 de abril)


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Resumen:

  • La presidencia de Trump pareció crear una oportunidad de romper el ciclo de renovación y declive en el que han estado atrapadas las relaciones EE.UU.-Rusia desde los años 90.
  • Sin embargo, las diferencias entre los respectivos intereses nacionales y los problemas estructurales subyacentes continúan dañando la relación.
  • Es probable que la personalidad de Trump y su estilo de gobierno, la oposición que afronta dentro del Partido Republicano y el escándalo de los contactos de su equipo con Moscú sigan impidiendo la normalización de relaciones con Rusia.

Palabras clave: EE.UU., Rusia, Trump, relaciones bilaterales

Abstract:

  • The Trump presidency appeared to offer a way out of the cycle of renewal and decline in which the US-Russia relationship has been trapped since the 1990s.
  • However, underlying differences of national interest and structural problems continue to damage the relationship.
  • The effects of Trump’s personality and approach to government, Republican opposition, and the scandal over his team’s contacts with Moscow are likely to prevent the normalisation of relations with Russia.

Keywords: US, Russia, Trump, bilateral relations

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Tras la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses en 2016, muchos observadores esperaban una mejora drástica de las relaciones entre EE.UU. y Rusia. Esta opinión pareció extenderse a la élite política rusa, que veía la derrota de Hillary Clinton y la victoria de Trump como la mejor oportunidad de revertir el deterioro de esta imprescindible relación bilateral.

En la práctica, las relaciones EE.UU.-Rusia no han mejorado, y es improbable que lo hagan de forma significativa. Esto se debe en parte a los problemas estructurales subyacentes y a los conflictos entre los respectivos intereses nacionales, que han obstaculizado las relaciones entre ambos países desde los años 90. Sin embargo, como cada vez está quedando más claro, también se debe a graves problemas creados por el carácter de la propia presidencia de Trump.

El ciclo del reset

En el cuarto de siglo transcurrido desde el hundimiento de la URSS, las relaciones entre Rusia y EE.UU. se han visto atrapadas en un ciclo de renovación y decadencia sucesivos. Cada nuevo presidente estadounidense ha intentado restaurar la relación, tras las decepciones de la administración anterior. No obstante, para mediados de su presidencia las relaciones con Rusia han afrontado problemas significativos, y al final del mandato ya estaban en crisis. Cada nueva repetición de este ciclo ha terminado en una posición peor que la anterior.

Esto se ha demostrado de nuevo durante la presidencia de Obama. Su primera acción importante en política exterior fue emprender un “reseteo” (reset) de las relaciones con Rusia, dejando de lado la hostilidad de finales de la etapa de Bush para alcanzar otros objetivos que se veían afectados por el mal estado de las relaciones ruso-estadounidenses. El reset intentó llevar esto a cabo mediante un enfoque pragmático de las relaciones con Rusia, centrándose en las áreas en las que era posible un entendimiento rápido y relegando a un segundo plano los puntos de desacuerdo que habían obstaculizado la relación en el pasado. Al mismo tiempo se creó una Comisión Presidencial Bilateral (BPC) para cooperar en una amplia gama de cuestiones de perfil más bajo, con el fin de institucionalizar y dotar de mayor predictibilidad a la relación. El reset tuvo éxito a corto plazo, permitiendo alcanzar un acuerdo en cuestiones como el Nuevo Tratado START de control de armamentos o las sanciones contra Irán; y reduciendo la tensión en otros asuntos como la intervención en Libia en 2011, a la que Rusia no se opuso.

Sin embargo, el pragmatismo que permitió el éxito del reset fue también la causa de su fracaso. Al centrarse en objetivos alcanzables a corto plazo, las dificultades más importantes —cuestiones normativas como la preocupación de EE.UU. por la democracia y los derechos humanos, o temas de seguridad como la expansión de la OTAN y el programa estadounidense de defensa contra misiles balísticos— permanecieron sin resolver. En consecuencia, el reset no proporcionó una base para avanzar en la cooperación, sino que demostró estar construido sobre cimientos frágiles que se deterioraron aún más por acontecimientos inesperados, como las protestas internas en Rusia en 2011-2012 y el conflicto de Siria. Las diferencias en torno a estas cuestiones aumentaron la tensión entre el gobierno ruso y la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton, lo que complicó aún más las relaciones. El deterioro de unos contactos que ya estaban en un punto muy bajo se agudizó con el conflicto en Ucrania, la anexión rusa de Crimea y las acusaciones de injerencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016 en EE.UU. En resumen: durante la presencia de Obama, las relaciones con Rusia pasaron de ser las mejores desde principios de los 90 a las peores en treinta años.

¿Un nuevo comienzo con Trump?

La inesperada victoria electoral de Donald Trump pareció ofrecer no sólo la oportunidad de recalibrar las relaciones, igual que al principio de las otras presidencias, sino también de romper con ese ciclo, revisando las bases de la política de EE.UU. hacia Rusia.

Tanto la actitud general de Trump hacia las relaciones exteriores como sus opiniones visiblemente positivas sobre el presidente ruso —afirmando, por ejemplo, que Putin era mejor líder que Obama— daban la impresión de ser radicalmente distintas de las de cualquier otro presidente estadounidense desde el final de la Guerra Fría. El aparente desinterés de Trump por las prioridades tradicionales de la política exterior estadounidense, como la promoción de la democracia y los derechos humanos, indicaba que una de las principales áreas de fricción en las relaciones EE.UU.-Rusia podía desaparecer.

Por otra parte, su deseo de trabajar conjuntamente con Rusia en la cuestión del terrorismo —“sería estupendo que nos lleváramos bien con Rusia porque así podríamos luchar juntos contra el ISIS”— sugería que era posible avanzar más allá de los acuerdos limitados alcanzados durante el reset, hacia una cooperación activa en torno a unas mismas prioridades de seguridad. Finalmente, las repetidas afirmaciones de Trump acerca de la obsolescencia de la OTAN, y su presunto deseo de considerar un abandono de los compromisos derivados de su artículo 5, coincidían con los intereses de Rusia hasta un punto sin precedentes.

Aunque los detalles sobre los planes de política exterior de Trump fueron escasos durante las elecciones —y no siempre coherentes entre sí—, sus opiniones sobre la OTAN o la cooperación con Rusia frente al terrorismo, y su valoración positiva de Putin, fueron repetidas con la frecuencia suficiente como para considerarlas señales claras de sus intenciones de transformar la relación ruso-estadounidense; y hacerlo de una forma que a grandes rasgos suponía alinear la política exterior de EE.UU. con los intereses o posiciones de Rusia.

Las perspectivas de una transformación en esta línea se vieron reforzadas con ciertos nombramientos para puestos clave de la administración. De todos ellos, los más destacados fueron los del primer consejero de Seguridad Nacional de Trump, Michael Flynn, que defendía la cooperación con Rusia frente al ISIS; y el secretario de Estado Rex Tillerson, que había sido condecorado con la Orden de la Amistad por Putin en 2013. En las primeras semanas de su presidencia, tanto estos nombramientos como los indicios de que la administración estaba planteándose unas políticas más favorables a Rusia —como el levantamiento de las sanciones— parecieron sugerir que Trump estaba firmemente decidido a establecer buenas relaciones con Rusia, a pesar de la inquietud de algunos países aliados y sectores de su propio partido.

Obstáculos a una mejora de las relaciones

Aunque estos gestos parecían prometedores, tras menos de cien días desde el inicio de la presidencia de Trump las posibilidades de un cambio profundo en las relaciones ruso-estadounidenses se antojan cada vez más remotas. Se percibe cierta frustración entre los miembros del gobierno ruso, que han descrito el estado actual de las relaciones como “prácticamente cero” e incluso peores que durante la Guerra Fría. Por su parte, el propio Trump ha sugerido recientemente que la relación “puede que esté en un mínimo histórico”.

Parte de los motivos reside en factores subyacentes que la nueva administración se ha demostrado incapaz de afrontar. Ante todo, como dos potencias con intereses que se extienden mucho más allá de su propio territorio, EE.UU. y Rusia tienen posiciones incompatibles en algunos temas importantes, como Irán o los planes estadounidenses de defensa contra misiles balísticos. Es probable que estas y otras áreas de competencia entre intereses contrapuestos vuelvan a resurgir durante los próximos cuatro años.

Además, estos desacuerdos seguirán influidos negativamente por las sospechas mutuas entre ambos gobiernos que han ido creciendo y empeorando durante los últimos veinte años. Sea cual sea el clima entre Putin y Trump como presidentes, los políticos y funcionarios en los niveles inferiores de ambas administraciones mantendrán probablemente la desconfianza institucional que ha contribuido al declive de los contactos mutuos durante el mandato de los dos últimos presidentes de EE.UU.

Esto se ve complicado por el hecho de que, a pesar de los intentos para transformar el marco y el contenido de las relaciones mediante la Comisión Gore-Chernomirdin de los 90, y la creación de la BPC en 2009, las relaciones ruso-estadounidenses siguen estando poco institucionalizadas y enfocadas sólo en unos pocos temas sensibles. La consecuencia es que no existe un marco útil para las interacciones rutinarias sobre muchos temas menos controvertidos que podrían estabilizar la relación. Incluso cuando ésta ha sido en general positiva, se ha visto afectada por turbulencias generadas por otros actores, como las que sufrió tras el reset: el levantamiento en Siria y las protestas antigubernamentales en Ucrania del invierno de 2013-2014 —sucesos en los que ni Rusia ni EE.UU. estaban implicados en un principio— acabaron por destruir cualquier posibilidad restante de volver a unas buenas relaciones.

Los problemas de la Administración Trump en torno a Rusia

Además de estos problemas estructurales, la Administración Trump se enfrenta a otros desafíos específicos.

El primero de ellos se refiere al carácter y experiencia del propio presidente. Como outsider de la política, rodeado en gran parte por otros neófitos, la experiencia de Trump no le prepara claramente para impulsar el complejo y delicado asunto de las relaciones con Rusia. Su anteriormente limitado conocimiento de políticas clave, y su conocida falta de atención a los detalles de las mismas, parecen afectar también a algunos de los aspectos más sensibles de la relación con Moscú. Durante las elecciones de 2016, el también candidato presidencial republicano Marco Rubio tuvo que explicar a Trump el concepto de “tríada nuclear”; mientras que un entrevistador hubo de rebatir su afirmación  de que Putin “no va a entrar en Ucrania, vale, para que lo entiendas”. Más recientemente, la primera conversación telefónica de Trump con Putin tuvo que ser interrumpida, al parecer, para que un ayudante le explicara el Nuevo Tratado START; aunque después la Casa Blanca desmintió esta versión.

A los potenciales riesgos derivados de esta falta de interés en aprender los detalles de las decisiones políticas se añaden otros aspectos de la personalidad de Trump, en especial su carácter imprevisible y su aparente preocupación por quedar por encima de los demás. El contacto con Putin corre el peligro de acabar en un choque entre dos “machos alfa”; lo cual no ayudaría a cooperar en cuestiones delicadas de seguridad internacional, ni fomentaría tampoco una mejora general de las relaciones.

Estos problemas se complican por el hecho de que lo que antes parecía la principal base para construir unas mejores relaciones con Rusia —el deseo de Trump y su entorno de mejorarlas— se está convirtiendo ahora en el principal desafío para su gobierno; el cual está perdiendo credibilidad ante parte de los miembros del Congreso, la sociedad estadounidense y quizás también algunos importantes países aliados. Las acusaciones de contactos inapropiados entre el equipo de campaña de Trump y el gobierno ruso o sus representantes durante las elecciones de 2016, incluyendo una posible colaboración para difundir material obtenido ilegalmente de los ordenadores del Comité Nacional Demócrata, son objeto ahora de una investigación parlamentaria —que se ha visto también afectada por el escándalo, debido a los estrechos vínculos con Trump del presidente de la comisión—, y también otra investigación por parte del FBI. Estas acusaciones han llevado a la dimisión del primer consejero de Seguridad Nacional de Trump, Michael Flynn, y la recusación de su Fiscal General en las cuestiones relacionadas con la investigación sobre Rusia. Otros individuos cercanos a Trump, tanto ahora como en el pasado, han sido también investigados por los periodistas o por el Congreso por sus posibles contactos con funcionarios rusos, bien por ellos mismos o mediante sus colaboradores. Un dossier no verificado, pero ampliamente difundido, afirma que el gobierno ruso posee también kompromat (material personalmente comprometedor) sobre el propio Trump.

Tanto si estas afirmaciones son ciertas como si no, el efecto global de todos estos contactos demostrados y no demostrados con el gobierno ruso —unidos a las palabras inusualmente positivas de Trump sobre Putin— ha sido el de despertar sospechas muy graves acerca de los vínculos entre el presidente estadounidense y Rusia. Aún está por ver cuáles serán sus efectos en el futuro, pero parecen haber dañado enormemente la reputación de Trump y su capacidad de implementar políticas en este ámbito.

Además de la falta de experiencia y del riesgo de escándalo político, que pueden deteriorar a corto plazo las posibilidades de mejora en las relaciones EE.UU.-Rusia, otros aspectos de la presidencia de Trump hacen dudar también de su viabilidad a largo plazo. El primero de ellos es la posición de Trump sobre la cuestión nuclear. Pese a desacuerdos en ocasiones profundos sobre este asunto, la diplomacia nuclear ha seguido siendo el fundamento de las relaciones entre Washington y Moscú desde la última etapa de la Guerra Fría. Trump parece rechazar este modelo, considerando el Nuevo Tratado START como un mal trato que favorece a Rusia, e indicando que prefiere aumentar el gasto estadounidense en su arsenal nuclear. Un intento de deshacer los tratados de control de armamentos, o de aumentar significativamente el potencial nuclear de EE.UU., sería extremadamente desestabilizador para las relaciones ruso-estadounidenses.

Si se abandona la diplomacia nuclear como piedra angular de la relación EE.UU.-Rusia, no está claro qué podría sustituirla. Los miembros actuales y anteriores del equipo de Trump, incluido el propio presidente, parecen haber considerado la lucha contra el ISIS como la alternativa evidente. Sin embargo, existen numerosos obstáculos para esto: ante todo, la oposición de destacados congresistas republicanos a cooperar con el gobierno ruso. Como demostraron los comentarios de la embajadora de EE.UU. ante Naciones Unidas sobre el reciente ataque químico en Idlib, las consecuencias para los derechos humanos de la relación estrecha de Rusia con el gobierno de Assad crearán graves problemas para cualquier intento de colaborar con Moscú en Siria; algo que parece cada vez más improbable tras el lanzamiento de misiles estadounidenses contra objetivos en territorio sirio. Si EE.UU. y Rusia no son capaces de trabajar juntos en cuestiones nucleares o de terrorismo, cuesta identificar otra base para una mejora de las relaciones.

Todas estas dificultades se verán probablemente complicadas por el desajuste entre la política de Trump hacia Rusia y las opiniones del propio Partido Republicano y algunos miembros de su administración, incluido el vicepresidente y el actual consejero de Seguridad Nacional H. R. McMaster. Los republicanos suelen considerar al gobierno ruso como una dictadura agresiva en el exterior y sanguinaria en el interior, encabezada por un oficial del KGB con una profunda nostalgia de la Unión Soviética. También han criticado duramente los intentos de pasadas administraciones de EE.UU., en especial la de Obama, de mejorar las relaciones con el Kremlin. Incluso antes del escándalo por los vínculos de la actual administración con Rusia, varios destacados republicanos parecían dispuestos a oponerse a una cooperación con Putin; y en especial, a bloquear cualquier intento de poner fin a las sanciones impuestas por Obama a raíz del hackeo durante las elecciones y las acciones rusas en Ucrania. De forma preocupante para la Administración Trump, algunos senadores republicanos están ahora dispuestos a apoyar la investigación de los contactos entre su equipo de campaña y Rusia. Esto significa que Trump no puede contar con los republicanos en el Senado para que le protejan de nuevas investigaciones sobre las relaciones de su administración con Rusia.

Por último, otro aspecto del estilo de gobierno poco convencional de Trump también contribuirá a agravar los problemas creados por los demás aspectos de su presidencia. Trump ha planteado profundos recortes en el presupuesto del Departamento de Estado, además de dejar aparentemente de lado a su secretario de Estado y prestar mayor atención a los consejos sobre política exterior de parientes y otros asesores cercanos sin experiencia en asuntos exteriores; algunos de los cuales parecen involucrados en los supuestos contactos con Rusia. Será complicado establecer relaciones estables y eficaces con Rusia sin un departamento y un secretario de Estado con suficiente capacidad de funcionamiento y credibilidad; todo lo cual aumenta el riesgo de que cuando surjan problemas, estos resulten más duros de resolver.

El gobierno ruso, que respondió positivamente al comienzo de la presidencia de Trump, parece haberse visto sorprendido por las continuas dificultades en la relación con EE.UU. Aunque en general ha mantenido un tono diplomático sobre la Casa Blanca, la decepción se ha manifestado en el cambio de actitud de los medios rusos sobre Trump; tanto la prensa como el gobierno rusos han criticado también duramente a los miembros del Congreso por obstaculizar un cambio en las relaciones ruso-estadounidenses. Las acciones militares de EE.UU. contra Siria y el giro de 180º de Trump sobre la OTAN abren la posibilidad de un retorno a una política exterior más agresiva; aunque es difícil predecir tendencias estables debido al carácter errático de la toma de decisiones del presidente estadounidense. Si esto sucede, el gobierno ruso adoptará probablemente una posición pública más asertiva hacia Trump que hasta ahora; los efectos negativos se agravarán por las cuestiones de carácter y de organización de la administración.

La elección de Donald Trump pareció dar lugar a una posible revolución en las relaciones ruso-estadounidenses; sin embargo, los acontecimientos desde su toma de posesión indican que dichas expectativas eran como mínimo prematuras. Los problemas estructurales que han deteriorado las relaciones entre EE.UU. y Rusia desde los años 90 se mantienen, y se han agravado por las políticas y acciones de la nueva administración; así como por el choque entre las opiniones del presidente sobre Rusia y las de otras figuras prominentes dentro de su propio partido. La paralización de un reset de Trump con Rusia deja la relación bilateral en mínimos históricos y con pocas perspectivas de mejora. Parece cada vez más posible un retorno a la “nueva Guerra Fría” de finales del mandato de Obama; aunque el pragmatismo, experiencia y estilo de gobierno de aquella administración proporcionaban un nivel de estabilidad en las relaciones EE.UU.-Rusia que probablemente no exista con Trump.

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Las opiniones expresadas en estas publicaciones son propias de los autores, y no representan necesariamente la posición de GEurasia.

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