La “fatiga europea” en los Balcanes Occidentales: volatilidad local e intervención de potencias

Autor: Miguel Rodríguez Andreu, Revista Balkania

ISSN: 2531-0569

Nº: 7/2017 (31 de octubre)


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Resumen:

  • Las potencias mundiales cada vez actúan más directamente en los Balcanes Occidentales, por la parálisis en la ampliación de la UE.
  • El freno a la ampliación ha contribuido a las tendencias iliberales o autoritarias, así como a la desafección hacia la UE.
  • Las tensiones entre países van en ascenso, y cada vez resultan más imprevisibles en cuanto a su dirección y resolución.
  • Esta incertidumbre hace depender el futuro de la región de sus líderes, y su capacidad para lograr apoyos en el exterior.

Palabras clave: Balcanes Occidentales, UE, autoritarismo, nacionalismo

Abstract:

  • World powers are acting more directly in the Western Balkans because of the paralysis in the EU enlargement.
  • The brake on enlargement has contributed to illiberal or authoritarian tendencies, as well as to disaffection towards the EU.
  • Tensions between countries are on the rise, and are increasingly unpredictable in terms of their direction and resolution.
  • This uncertainty makes the future of the region depend on its leaders and their ability to obtain external support.

Keywords: Western Balkans, EU, authoritarianism, nationalism

 

Hubo un tiempo en el que creíamos que los Balcanes Occidentales podrían cumplir un papel de mediador entre Occidente y Oriente, con las típicas imágenes del puente de Višegrad o el puente viejo de Mostar como símbolo de sinergias políticas y geográficas. Con ocasión de la presidencia serbia de la OSCE en 2015, coincidiendo con la crisis de Ucrania, algunas voces aventuraron sin mucho convencimiento que el país balcánico podía interceder entre la diplomacia rusa y ucraniana. Sin embargo, no fue así. Serbia aprovechó la ocasión para adquirir experiencia en el organismo internacional y acceder a todo tipo de contactos, pero sin proporcionar una solución al conflicto.

En realidad, los Balcanes Occidentales —como ha venido ocurriendo durante toda su historia reciente— han mantenido su condición de tablero internacional: un espacio que obtiene gran parte de su protagonismo de la convergencia de intereses entre las grandes potencias, o, eventualmente, de sus fricciones. La voluntad de estas potencias de influir en la zona no solo se mantuvo durante la fragmentación de Yugoslavia y el periodo inmediatamente posterior, sino que —desde que en 2014 la UE decidió paralizar la ampliación a la región— ha ido en aumento, si cabe, de manera más compleja y volátil. Pero no solo las potencias internacionales han fijado allí sus intereses: también las relaciones de vecindad, aunque estables, viven movimientos estratégicos de nuevo cuño que elevan la importancia del papel regional de EE.UU., la UE, Rusia, China o Turquía.

Perspectivas de cambio

En primer lugar, Croacia, con el gobierno del HDZ, se ha embarcado en una política de securitización agravada en 2016 con la crisis de refugiados. Entre las preocupaciones de su política exterior se sitúa la tensión militar regional, especialmente con su vecina Serbia, que compra material militar a Rusia y realiza ejercicios conjuntos. También ha sido especialmente vehemente denunciando el aumento del radicalismo islamista en Bosnia y Herzegovina, y abriendo debate al respecto más allá de los Balcanes Occidentales. Croacia persigue una mayor implicación de la UE y de la OTAN en este apartado, como miembro de ambas organizaciones.

No obstante, su integración internacional no excluye una expansión de su influencia en la región. Así, por ejemplo, la construcción del puente de Pelješac —de dos kilómetros y medio— ha generado tensiones en la capital bosnia y despertado las reticencias de su parlamento, que sostiene que todavía tienen que resolverse la delimitación marítima bilateral —conflicto similar al que mantiene con Eslovenia respecto al golfo de Piran— y cuestiones técnicas que afectarían al puerto de Neum. Este pueblo costero es el único acceso marítimo de Bosnia, que además divide el territorio croata, el cual sería rodeado por el puente. Croacia tiene una frontera común con Bosnia de más de 1.000 km, lo que genera costosos desplazamientos desde el interior de Croacia a ciudades como Dubrovnik. Esta frontera parece haberse vuelto de nuevo porosa en los últimos años.

Los vínculos entre el HDZ croata y el HDZ bosnio son cada vez más estrechos, y crece la presión política para crear una tercera entidad bosnia —Hercegbosna— que se uniría a la Federación de Bosnia y Herzegovina y la Republika Srpska, y representaría territorialmente a la minoría croata en Bosnia. El primer ministro croata, Andrej Plenković, ha acudido a la zona sin avisar a las autoridades de Sarajevo. Sin embargo, las fuerzas bosnio-croatas dirigidas por Dragan Čović son conscientes de que muchas de las más de 800.000 personas con pasaporte croata en Bosnia —especialmente, las que viven en los cantones centrales— no simpatizarían con la autonomía o la anexión a Croacia; ya que, aisladas, podrían sufrir represalias sociales debido a la división del país.

Hace algunos meses EE.UU. sancionó a Milorad Dodik, presidente de la entidad, por violar los Acuerdos de Dayton tras la celebración de un referéndum para nombrar a San Esteban como patrón de la Republika Srpska. Poco después, el mandatario reconocía que no era el mejor momento para convocar ningún referéndum, asumiendo que la reacción internacional sería hostil. Aunque ha recibido el apoyo político, económico y militar de Vladimir Putin, la presión occidental parece haber frenado sus ánimos secesionistas.

Los tres liderazgos étnicos bosnios a la cabeza del HDZ (Dragan Čović), SNSD (Milorad Dodik) y SDA (Bakir Izetbegović), que han dominado la escena política los últimos veinte años y que parecían firmemente asentados en el poder, están viviendo sus primeras dificultades. En las futuras elecciones locales y generales de 2018 puede haber cambios que hasta el año pasado resultaban impensables. Además de las cuestiones ya mencionadas respecto a los bosnio-croatas, el SDA de Izetbegović ha visto como algunos de sus políticos, otrora alineados, creaban una nueva formación con el nombre de Nezavisni blok (Bloque Independiente). Se han despertado tensiones entre las figuras del partido, haciéndose muchas de ellas incluso públicas. Dodik, aparte de ver reducida su influencia a nivel estatal desde las elecciones de 2014, está perdiendo cada vez más popularidad en la Republika Srpska. En cualquier caso, no existe una perspectiva clara de cambio en lo que a los Acuerdos de Dayton se refiere; si se produjera, vendría cuando la actual élite fuera relevada.

Desde Serbia, parece que la estabilidad regional manda y la soberanía territorial bosnia no se encuentra amenazada. Eso no impide que puntualmente exista una serie de asuntos sensibles que mantienen latente la posibilidad de secesión o anexión. Por ejemplo, los presidentes de Serbia y de la Republika Srpska firmaron recientemente una declaración para la protección de la lengua serbia, con un interés político más marcado que cualquier motivo lingüístico. La reivindicación étnica sigue siendo un instrumento de movilización de las lealtades políticas plenamente vigente en la región, y es utilizado de forma esporádica según la coyuntura. Con frecuencia, sus ecos en los países del entorno o dentro del propio país no vienen de figuras políticas de primer orden, sino que son instrumentalizados por parte de políticos de segunda fila, como ministros u otras personalidades. No es extraño que incurran en contradicciones respecto a los primeros ministros o presidentes, mucho más conciliadores en sus discursos e intervenciones públicas.

Particular repercusión ha tenido el nacionalismo albanés, en ascenso de un tiempo a esta parte. En 2016, los partidos albaneses en Montenegro llegaron a un acuerdo de coalición. Durante las elecciones macedonias de 2017, al amparo de una iniciativa del presidente de Albania, Edi Rama, se formaba en Macedonia la denominada “Plataforma de Tirana”: una iniciativa que buscó un frente común con los socialdemócratas del macedonio Zoran Zaev para derrotar al VMRO de Nikola Gruevski. Esta unión genera susceptibilidades respecto a la proyección del nacionalismo albanés en la región, motivo de preocupación para serbios, macedonios y griegos. En todo el sudeste europeo, los albaneses apoyan en más de un 70% la integración en la UE; superando a los pueblos eslavos, que bajan del 60% o incluso del 50%. Parece presumible que un gobierno que no cumpla con esa orientación europea tendrá que contener la insatisfacción y presión albanesa, cada vez más efervescente en Kosovo, Montenegro y Macedonia.

En otro orden de cosas, tras la negativa del VMRO a conceder el poder después de no lograr formar gobierno en Macedonia, EE.UU. volvió a demostrar que no solo tiene la simpatía de la mayoría de la población albanesa de la región, sino también la capacidad política de la que carece la UE para resolver crisis locales. Macedonia ha roto la narrativa autoritaria que venía manifestándose desde Turquía, por los Balcanes Occidentales, hasta Višegrad, demostrando que era posible la alternancia de gobierno sin los conflictos étnicos de largo alcance que muchos anticipaban, por medio de importantes y constantes movilizaciones sociales, pacíficas y democráticas.

Mientras que en Macedonia la situación se ha calmado tras varios años de crisis, en Kosovo se ha vivido una fase de elevada incertidumbre política tras las últimas elecciones. Finalmente, el primer ministro será Ramush Haradinj, al frente de una coalición de difíciles equilibrios y ante el rápido ascenso del partido en la oposición, Vetëvendosje (Autodeterminación). Se anticipa un escenario de desgobierno e inestabilidad similar al de 2014, en cuanto se produzcan las primeras divergencias. Por otro lado, el actual gobierno ha necesitado del apoyo del partido de la minoría serbia en Kosovo, lo que probablemente complicará las negociaciones entre de Belgrado y Pristina, toda vez que el mismo Haradinaj fue objeto de una solicitud serbia de extradición en la primavera de este año.

Incidencia internacional

Este ambiente político más volátil está relacionado con la parálisis en el proceso de ampliación de la UE. Desde la entrada de Croacia en 2013, la Unión parece estar más preocupada por la seguridad y estabilidad de la región que por el Estado de Derecho, las reformas institucionales o la democratización; la cual, según los indicadores sociales, ha sufrido un grave descenso, especialmente en lo que se refiere a la libertad de prensa. Los líderes locales han impulsado desde 2014 un proceso iliberal o autoritario que no ha recibido grandes críticas desde la UE, o incluso ha sido apoyado tras algunas de las elecciones celebradas, contribuyendo a generar un descenso del sentimiento europeísta entre los ciudadanos de la región y cierta desafección desde los movimientos sociales críticos y proeuropeos. Autores como Pavlović (2017) han denominado “estabilocracia” a esta prevalencia de la seguridad sobre la democracia, que por ejemplo se ha puesto de manifiesto durante la crisis de los refugiados. La UE ha preferido premiar a los gobiernos de la región por su control de las fronteras antes que condenar las tendencias autoritarias, con un auge en la oposición de partidos nacionalistas o antieuropeos.

Este escenario invita a diagnosticar un futuro más fluctuante. Ante el retroceso de la UE, Rusia mantiene y aumenta su soft power como potencia sobre el ala eslava de la región, buscando impedir una ampliación de la OTAN a Serbia y Macedonia, tras el ingreso de Montenegro en junio. De esta manera el cerco sobre Serbia se estrecha, aunque su rechazo social a la Alianza Atlántica ha aumentado en los últimos tiempos. Parece que Rusia pretende establecer una posición influyente en los Balcanes Occidentales para desviar cualquier aproximación amenazante sobre su zona de influencia geopolítica. Para ello, busca una mayor capacidad de incidencia en la política macedonia a través del VMRO, mantiene su espaldarazo político y económico a Milorad Dodik en la Republika Srpksa, y la defensa del no reconocimiento de la independencia de Kosovo.

La estrategia rusa se ha traducido también en una mayor presencia en Serbia, no solo a través de ayuda militar, sino también logística. Particular importancia se le ha dado al centro de ayuda humanitaria en Niš, donde ha generado polémica la petición de que sus trabajadores recibieran pasaporte diplomático. Los datos de opinión indican una mayor simpatía de la sociedad serbia hacia Rusia, pero una preferencia económica y cultural por la UE, que al fin y al cabo es su principal socio económico. Sin embargo, Rusia ofrece más maniobrabilidad política y financiera que la UE, que no está diseñada para una acción política tan inmediata. Eso se manifiesta, entre otros canales, en un soporte económico a través de los bancos rusos, con menores exigencias de toda naturaleza y mayor liquidez.

Parece que los difíciles equilibrios dentro de Bosnia, que venían claramente oscilando hacia la Republika Srpska desde la firma de Dayton, no son del todo estables en ese lado del territorio bosnio. La noticia de la crisis abierta por la empresa croata Agrokor —un 16% del PIB, con miles de trabajadores en Eslovenia, Croacia y Serbia— ha ido acompañada de una deuda de más de 1.100 millones de euros contraída con el banco ruso Sberbank. Esto permite a Rusia tener un pie en el país miembro de la UE, pero también en Bosnia, a través de la política del HDZ croata hacia la población bosnio-croata. Será importante seguir cómo se resuelven las relaciones croato-rusas y de qué manera pueden provocar una “pinza estratégica” junto con Milorad Dodik sobre la población bosníaca.

China se ha convertido también en un actor importante. Mientras que Rusia tiene incidencia sobre la región en el terreno del soft power, el país asiático lo tiene por medio de la inversión e infraestructuras. La ejecución del proyecto “One Belt, One Road” que comunicaría el puerto del Pireo (Atenas) con Europa Central ha sido visto con reservas desde la UE. Durante el año 2016, China alcanzó los 3.000 millones de euros en intercambios comerciales con la región, de los cuales un poco más de la mitad se han generado con Serbia. No preocupa tanto el papel que puede desempeñar China como que su presencia es un síntoma más del escaso avance económico y mala interconexión de la región, así como de la necesidad de los países del sudeste europeo de buscar otras fuentes de inversión a las que acompañarían obligaciones políticas. Este es el caso de las relaciones de Serbia y los Emiratos Árabes Unidos, Croacia y Rusia, o Bosnia y Herzegovina y Turquía. Algunas voces se han pronunciado asegurando que si la región no crece al 6%, será difícil que los Balcanes Occidentales entren en la UE antes del 2030 (Flessenkemper y Reljić, 2017). Paradójicamente, parte de ese crecimiento económico se persigue, cada vez más, y con más decisión, de la mano de países que no se postulan como afines a los valores europeos.

Turquía ha aumentado sus inversiones en los Balcanes, coincidiendo además con sus propias incertidumbres políticas y económicas. Además de mantener su ascendente cultural y religioso sobre la población musulmana y de apoyar a algunos partidos políticos locales, como es el caso del SDA bosnio o el BESA macedonio, Turquía ha aumentado sensiblemente su inversión directa en la región, con un incremento del 5%. Por otro lado, el gobierno turco ha cambiado su aproximación a los Balcanes Occidentales: mientras el ex primer ministro Ahmet Davutoğlu empleaba el soft power en la región, Recep Tayyip Erdoğan prefiere una relación estrecha con los líderes políticos; cuestión que será de interés en adelante. Lejos de que se vaya a producir una etapa de mayores encuentros y negociaciones para resolver cuestiones vecinales, en el futuro la deriva regional estará marcada por la capacidad de seducción de los líderes locales sobre las grandes potencias, con el deseo de imponer sus propias agendas locales.

La perspectiva de una integración europea conjunta parece lejos de hacerse realidad, dadas las diferencias entre la situación de cada uno de estos países. Por otra parte, sus complejas relaciones mutuas y con algunos países de la UE muestran las dificultades para una integración escalonada. La experiencia de Croacia con Eslovenia durante la apertura de capítulos, así como la que está teniendo ahora Croacia —ya miembro— con Serbia —que es candidato—, es un ejemplo de cómo las rivalidades bilaterales afectan al proceso de integración. Pese a los esfuerzos de la Alta Representante, Federica Mogherini, por avanzar en este sentido, tanto desde la Comisión Europea como desde los Estados Miembros los obstáculos son numerosos. Ante el abandono temporal al que se ve sometida la región por parte de la UE, el Proceso de Berlín —iniciativa de cooperación intergubernamental en materia económica y de infraestructuras— no termina de contar con la publicidad ni la determinación suficiente como para compensar la ausencia de perspectivas de ingreso.

Conclusiones

Desde la crisis económica de 2008, los Balcanes Occidentales han entrado paulatinamente en una deriva iliberal o autoritaria, que no ha recibido la atención debida de la UE ni de sus Estados Miembros. Esto explica en parte la desafección creciente hacia el proceso de integración europea, pero también la presencia cada vez más activa de las potencias internacionales, que intervienen de formas muy diversas. Tales estrategias son recibidas por los propios líderes locales en un escenario muy volátil, donde el abanico de incertidumbres ha aumentado.

Las relaciones entre estos países atraviesan una nueva fase de tensiones y, por tanto, son más sensibles a la búsqueda de apoyos en potencias externas a la región. Por otro lado, los liderazgos tienden a ser más autoritarios, acompañados de oposiciones cada vez más débiles —por ejemplo, el SDP en Croacia vive un marcado descenso en su popularidad—. Solo Macedonia ha logrado desde 2014 revertir la tendencia autoritaria del gobierno de Gruevski, reemplazándolo en el poder a través del SDSM de Zaev y algunos partidos albaneses.

No obstante, en el futuro las relaciones bilaterales estarán crecientemente marcadas por los intereses de los líderes, y menos por políticas de Estado. Se puede avanzar que, en adelante, estos países buscarán satisfacer sus objetivos apoyándose en las grandes potencias internacionales, y menos en el consenso y el acuerdo mutuos.

Bibliografía

Flessenkemper, Tobias y Reljić, Dušan (2017), “EU Enlargement: A Six Percent Target for the Western Balkans”, Osservatorio Balcani e Caucaso – Transeuropa, 5 de julio.

Pavlović, Srđa (2017), “West is Best: How ‘Stabilitocracy’ Undermines Democracy Building in the Balkans”, EUROPP – European Politics and Policy, 5 de mayo.

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Las opiniones expresadas en estas publicaciones son propias de los autores, y no representan necesariamente la posición de GEurasia.

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