¿Sigue teniendo interés académico la Europa Oriental en España?

Autor: Jesús de Andrés, UNED

ISSN: 2531-0569

Nº: 1/2017 (3 de febrero)


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Resumen:

  • El estudio académico de Europa Central y Oriental y el espacio postsoviético en España comenzó a cobrar impulso a partir de la década de los ochenta.
  • Hoy se caracteriza por la dispersión institucional de los investigadores, la creciente importancia del trabajo de campo, la escasa representación de mujeres, la ausencia de centros especializados o publicaciones de referencia, y el insuficiente apoyo desde las administraciones.
  • Tanto su interés científico como su importancia geoestratégica justifican que se reconozcan por fin los estudios del área como una clara prioridad para España.

Palabras clave: España, Europa Central y Oriental, Eurasia, Estudios de Área

Abstract:

  • In Spain, the academic study of Central and Eastern Europe and the post-Soviet space started to gain momentum in the 1980s.
  • Today, its main features are the institutional dispersion of researchers, growing importance of fieldwork, low representation of women, lack of specialized centres or major publications, and insufficient government support.
  • The area’s scientific interest and geostrategic importance justify the need to finally recognize this field of research as a clear priority for Spain. 

Keywords: Spain, Central and Eastern Europe, Eurasia, Area Studies

 

Los cambios experimentados por los países de la Europa Central y Oriental en los años ochenta, extendidos al ámbito territorial de la antigua Unión Soviética en la década siguiente, atrajeron en España, desde un primer momento, la atención de académicos de varias disciplinas humanísticas y sociales, de profesionales y también de periodistas que, con más ilusión que medios, se plantearon no pocos interrogantes sobre lo que allí estaba sucediendo. La universidad española, condicionada siempre por la escasez de recursos en investigación y sus limitaciones institucionales, se involucró, pese a todo, en el mejor conocimiento de los procesos que tenían lugar en aquella zona geográfica, surgiendo aquí y allá individualidades o pequeños grupos decididos a responder las preguntas que se suscitaban.

Al cabo de los años, los innumerables trabajos publicados y las decenas de tesis doctorales leídas sobre unos u otros aspectos de aquellas transiciones, de sus procesos de consolidación —no siempre democrática— y de su posterior evolución, dan cuenta del interés despertado entonces y del trabajo realizado hasta hoy, no sólo en términos cuantitativos sino, sobre todo, cualitativos. A lo largo de todo este tiempo —no olvidemos que han transcurrido varias décadas— se han ido sumando relevos y son ya varias generaciones de estudiosos las acumuladas: desde el inicial afán aventurero de los pioneros a la temeridad laboral de quienes persisten por los derroteros —nunca mejor dicho— de la investigación científica.

En los párrafos que siguen intentaré haré hacer una reflexión sobre lo que estos estudios han sido, sobre el momento en que se encuentran actualmente y sobre sus perspectivas de futuro. Si su permanencia en el tiempo es indudable, también lo son los altibajos a los que han tenido que hacer frente. En el actual impasse en que se encuentra la universidad española, a la espera de la salida de la crisis que le ha afectado en todos los órdenes, es conveniente reflexionar sobre el camino que los estudios sobre la Europa Oriental y los países resultantes de la desmembración de la antigua Unión Soviética van a tomar de aquí en adelante, más allá de hacer ejercicios nostálgicos de memoria.

Una mirada (breve) al pasado

Antes de la llegada de Gorbachov al poder, allá por 1985, los estudios sobre la Europa del Este o la antigua Unión Soviética eran prácticamente inexistentes en el ámbito académico español. Tan sólo un pequeño puñado de jóvenes investigadores, por razones diversas, se había atrevido a realizar con anterioridad sus tesis doctorales sobre algunos países muy concretos: entre otros, Enrique Palazuelos, Kepa Sodupe, Benjamín Bastida y Teresa Virgili, sobre la URSS, o Rafael Calduch sobre Yugoslavia. Bien es cierto que el interés histórico por lo acontecido en Rusia desde la revolución de 1917 o posteriormente en la Europa que quedó bajo el influjo soviético tras la II Guerra Mundial siempre fue grande, e incluso durante la dictadura se publicaban obras sobre aquella zona.

Sin embargo, sería el relevo en la secretaría general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) de mediados de los ochenta y los cambios emprendidos a continuación en buena parte de la Europa del Este los que alimentarían el interés académico por el área, agregándose poco a poco nuevos doctorandos y profesores e incorporando su estudio a diferentes programas de doctorado. En este sentido, fueron pioneros tanto la creación por parte de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) del Instituto de Europa Oriental (IEO) —inaugurado por Raisa Gorbachova en 1990—, como el inicio de dos programas de doctorado específicos sobre dichos cambios, tanto en el propio IEO como en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

La caída del Muro de Berlín y las transiciones abiertas en prácticamente todos los países de la Europa del Este aceleraron el interés mediático, académico y político por lo que estaba ocurriendo. A partir de ahí se incrementó la edición de libros dedicados a la zona —la mayor parte de tipo divulgativo, pero también algunos con mayor profundidad— y surgieron publicaciones periódicas como Cuadernos del Este, que tras su desaparición tuvo como continuadora, entre 2000 y 2008, a Papeles del Este: Transiciones postcomunistas.

De igual forma, se crearon centros de investigación como el Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Valladolid, el Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI) de la UCM, o la Unidad de Investigación sobre Seguridad y Cooperación Internacional (UNISCI), también de la UCM; centros todos ellos que, si bien no se dedicaron en exclusiva a estos casos, sí contribuyeron a su estudio. También hubo encuentros y jornadas dedicadas a su estudio, entre las que cabe destacar las “Jornadas sobre la Europa Oriental” organizadas por el IEO, los “Encuentros Españoles de Estudios sobre la Europa Oriental” dirigidos por Carlos Flores desde la Universidad de Valencia, las “Jornadas de Transición Económica” dirigidas por Antonio Sánchez, también de la UV, así como otras muchas coordinadas por los profesores implicados desde las universidades en las que desarrollaban su labor.

La lista de profesores e investigadores que desde diversas universidades se fueron incorporando al área, desde muy diversas disciplinas, es tan extensa que es preferible no dar nombres; además de por una cuestión de espacio, para evitar dejar a nadie fuera. En cualquier caso, el lector interesado puede encontrar todo el detalle sobre la evolución de este amplio, heterogéneo y multidisciplinar grupo en los exhaustivos trabajos sobre la cuestión de Francisco Veiga (2000), Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez (2001), Raquel Sánchez (2009) y, especialmente, por su detallado recorrido, de Carlos Flores (2009); así como las reflexiones realizadas en su momento por Carlos Taibo (1998).

Todos estos trabajos, en particular los publicados más recientemente, insisten en un hecho básico: el interés por la Europa del Este y la antigua Unión Soviética respondió al desconocimiento que de estos países se tenía cuando allí comenzaron los cambios políticos, económicos, nacionales y culturales que tuvieron lugar. Una vez pasado ese momento inicial, una vez concluidas sus transiciones, el interés mediático —y también el de las instituciones— fue menguando hasta el momento actual. Sin embargo, se consiguió —y a las pruebas me remito— un nivel más que aceptable, homologable a nivel internacional, a pesar de la pertinaz escasez de recursos.

Si hubiera que resumir en pocas líneas las principales características de ese periodo, el iniciado a fines de los ochenta y desarrollado en los noventa, habría que destacar el individualismo de aquellos que emprendieron sus estudios sobre la zona, una ruptura en la forma de investigar con respecto a generaciones anteriores, la escasa presencia de mujeres y la ausencia de tejido institucional. Como ya se ha dicho, el afán pionero despertó el interés de investigadores pertenecientes a diferentes universidades, a distintas áreas de conocimiento y con incentivos diversos. En pocos casos puede hablarse de grupos compactos y tan sólo las publicaciones y las jornadas realizadas consiguieron remediar la dispersión.

En cuanto a las nuevas formas de investigar, cabe reseñar que la investigación estuvo casi siempre apoyada en los viajes a la correspondiente zona, que se comenzó a utilizar la lengua de los países analizados y que se trabajó con fuentes primarias, algo inédito en este tipo de estudios en España hasta ese momento. Por lo que a la presencia de mujeres se refiere, esta fue notablemente menor que la masculina, pero ello no afectó a la calidad de sus trabajos. Por último, el tejido institucional capaz de sostener y fomentar la investigación brilló por su ausencia. A los pocos recursos de los institutos y centros que tímidamente surgieron se unieron las carencias crónicas en el apoyo a la investigación de nuestro país, lo que a la postre favoreció que, una vez pasado el empuje inicial, estos estudios perdieran fuerza.

El presente (aquí y ahora)

Si analizamos la situación actual de los estudios sobre la Europa Oriental desarrollados en España desde las diferentes ciencias sociales, nos encontramos con una situación paradójica: nunca han estado tan bien en cuanto a la calidad de sus investigadores, a la vez que reciben menor atención y, por ende, tienen menores recursos que otras épocas. La actual generación, protagonista de la mayor —y mejor— producción científica sobre la materia, se encuentra, dejando al margen aquellos que pese al tiempo transcurrido se han mantenido en la brecha, en un delicado momento profesional debido a las pocas perspectivas de asegurar una carrera académica o investigadora. Tras la inversión realizada en los años noventa y a comienzos del nuevo milenio, ahora se pueden recoger los frutos del trabajo realizado: la cosecha que, en forma de tesis doctorales o publicaciones internacionales, demuestra que, pese a sus deficiencias, se hizo bien el trabajo. Sin embargo, en lugar de aprovechar esas nuevas dinámicas, el vigor renovado de los llegados más recientemente, el panorama desolador de la universidad y de la investigación supone un jarro de agua fría a quienes se han sumad

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