Eslovenia: una democracia cada vez más deteriorada

Autor: Carlos González Villa, Universidad Antonio de Nebrija

ISSN: 2531-0569

Nº: 2/2018 (27 de junio)


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Resumen:

  • Eslovenia evoluciona hacia una democracia cada vez más deteriorada, con una ciudadanía alejada de las instituciones.
  • Un momento clave fue la restricción de los referéndums en los temas relacionados con la economía y los presupuestos.
  • El gobierno ha identificado a los refugiados como un riesgo para la seguridad.
  • El discurso nacionalista del líder de la derecha, Janez Janša, está cada vez más asociado con las políticas del primer ministro húngaro, Viktor Orbán.

Palabras clave: Eslovenia, elecciones, crisis de los refugiados, crisis de la democracia

Abstract:

  • Slovenia is evolving towards an increasingly degraded democracy and a widening gap between citizens and institutions.
  • A key moment was the restriction of referendums on economic and budgetary issues.
  • The government has identified refugees as a security risk.
  • The nationalist discourse of right-wing leader Janez Janša is increasingly associated with the policies of Hungarian Prime Minister Viktor Orbán.

Keywords: Slovenia, elections, refugee crisis, crisis of democracy

 

El panorama político y social de la Eslovenia actual es desconcertante. Las elecciones generales del pasado 3 de junio dejaron un parlamento con nueve partidos y dos representantes de minorías nacionales; todo un exceso, incluso para un país acostumbrado a la fragmentación parlamentaria (fig. 1).

 

Fig. 1. Resultados de las elecciones a la Asamblea Nacional eslovena del 3 de junio de 2018

Fuente: Elaboración propia con datos de la Comisión Nacional Electoral

 

La opción de gobierno más probable es la de un ejecutivo social-liberal apoyado por hasta seis partidos, que sumarían 52 de los 90 escaños de la cámara baja. El partido más votado de ese bloque fue la Lista Marijan Šarec, liderada por el actor y comediante homónimo, que irrumpió con fuerza en las elecciones presidenciales de 2017[1]. Šarec representa el último producto del social-liberalismo esloveno, el sector en el que se ha disputado el poder político en la Eslovenia independiente.

Dicho espacio, que se caracteriza por la defensa de valores progresistas en lo social y cada vez más liberales en lo económico, ha sido ocupado por partidos de ideología difusa, con un fuerte componente personalista y alineados con la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (ALDE) en el Parlamento Europeo. Ejemplo de ello, además de Šarec, es el primer ministro saliente, Miro Cerar, abanderado de la tecnocracia postcrisis y líder del Partido del Centro Moderno (SMC, por sus siglas en esloveno), que tras su fundación en 2014 se denominó inicialmente Partido de Miro Cerar (también SMC). Todo parece indicar que Cerar formará parte de la futura coalición.

Otro ejemplo es el de Alenka Bratušek y su Partido de Alenka Bratušek, creado tras su caída como primera ministra en 2014. Además de esta última, en la posible coalición también entraría la socialdemocracia —heredera de la antigua Liga de los Comunistas de Eslovenia—, el Partido Democrático de los Pensionistas (DeSUS) —organización recurrente en los sucesivos gobiernos desde la independencia— y La Izquierda, referenciada en el Partido de la Izquierda Europea.

En estas circunstancias, no se descarta una repetición de elecciones o la ruptura temprana de la coalición resultante. Ese escenario, y la creciente desafección, beneficiaría probablemente a la derecha, que cuenta con una base electoral sólida y leal.

La desafección, de hecho, se ve apuntalada con estas elecciones. La abstención, de casi un 50%, es la más alta del historial pluripartidista del país, que data de 1990. Significativo es también el hecho de que, a finales de 2017, sólo un 17% de los eslovenos mostraban una «tendencia a confiar» en el gobierno y el parlamento del país[2]. Es sintomático, por último, el hecho de que sólo un 7% de la población confíe en la clase política y un 13,5% en la coalición social-liberal saliente (Valicon, 2018).

Frente a la pérdida de apoyos y la fragmentación del social-liberalismo, la derecha en su conjunto ha crecido en escaños —de 27 a 37— y ha fortalecido su perfil más radical. Lo ha hecho, en parte, gracias al retorno al parlamento, tras dos legislaturas de ausencia, del Partido Nacional Esloveno. Su líder, Zmago Jelinčič, es el principal exponente de la xenofobia hacia los inmigrantes de las repúblicas del sur de la antigua Yugoslavia, romaníes y refugiados llegados a partir de 2015, a quienes se refiere como delincuentes y terroristas. Sin embargo, el giro a la derecha más dura no se ve sólo a través del retorno de Jelinčič o del crecimiento en votos de otros partidos ultraderechistas extraparlamentarios. Más relevante es el hecho de que estas elecciones han ilustrado la cada vez más estrecha relación entre el Partido Demócrata Esloveno (SDS) de Janez Janša y la política impulsada por el dirigente húngaro Viktor Orbán.

La distribución de fuerzas coyuntural y las tendencias a largo plazo son representativas de la deriva hacia una democracia cada vez más restringida en la que se encuentra el país. Esta tendencia puede ser vista a través de tres aspectos, además de la mencionada desafección: la particular adaptación del sistema político esloveno a la fase de austeridad en Europa durante la crisis del euro, la reacción a la crisis de los refugiados de 2015 y la progresiva inserción del país en el contexto regional de fortalecimiento de las fuerzas de extrema derecha.

La quiebra del modelo esloveno: el cambio de las reglas de juego de los referéndums

Un punto clave en el proceso de deterioro democrático de Eslovenia fue la crisis financiera y de la deuda, que «avivó el descontento y las actitudes antipolíticas, así como la fatiga y la apatía» (Krašovec y Johannsen, 2016: 313). A ello contribuyó el desprestigio de la clase política como consecuencia de la corrupción —los líderes de los dos principales partidos fueron directamente señalados por la Comisión Anticorrupción en enero de 2014— y, sobre todo, la ruptura del equilibrio entre la responsabilidad a largo plazo de la clase política y su capacidad de respuesta ante el descontento ciudadano (Krašovec y Johannsen, 2016: 314). Dicho de otro modo: en un momento de tensión entre el ajuste a las reglas fiscales y monetarias definidas por la UE y el descontento generalizado de la población, las élites políticas decidieron reforzar el primer elemento, desplazando el segundo. Esto se hizo a través de la restricción parcial de los referéndums, un elemento que, en el caso esloveno, tiene un significado particular.

En marzo de 2013, tras meses de protestas anti-establishment en todo el país, Alenka Bratušek —entonces número dos del partido de centroizquierda Pozitivna Slovenija— asumió la jefatura del gobierno, tras la caída de un pentapartito de centroderecha liderado por Janez Janša. La nueva coalición —compuesta, en buena medida, por los partidos que habían apoyado al gobierno anterior— profundizó en las políticas de austeridad, las privatizaciones y la reforma del sector bancario. A ello se sumaba la continuación del procedimiento de reforma constitucional iniciado por Janša en 2012, que tenía como fin fijar la regla de estabilidad presupuestaria e introducir restricciones para la convocatoria de referéndums. Así, desde 2013, las consultas en el país no pueden tener como objeto, entre otras materias, aquellas relacionadas con los impuestos, derechos de aduana y presupuestos del Estado.

Aquella reforma fue la culminación normativa de una cadena de acontecimientos desencadenados por el gobierno de Janša con el fin de evitar la convocatoria de una consulta sobre la creación de un «banco malo» y de un holding público para la privatización de activos estatales a finales de 2012. En aquella ocasión, una parte de las firmas recogidas por los sindicatos para sacar adelante el referéndum fue extraviada; un hecho extraordinariamente grave, puesto que las mismas estaban bajo custodia del Ministerio del Interior. Así, con la convocatoria paralizada, el parlamento solicitó el pronunciamiento del Tribunal Constitucional, que en muy poco tiempo prohibió la celebración de referéndums que pudieran poner en peligro «la implementación eficiente de las funciones del Estado, incluyendo la creación de condiciones para el desarrollo económico», y que, aun siendo legales, pudieran tener «efectos inconstitucionales».

Todo ello se producía un año y medio después de la caída de la coalición social-liberal de Borut Pahor, desencadenada por el rechazo de los eslovenos en referéndum a la subida de la edad de jubilación. Tomando en cuenta el contexto, así como ese precedente, el extravío de las firmas y la introducción de restricciones sobre los referéndums fueron, en la práctica, una forma de cambiar las reglas de juego en medio de la partida; en la que los sindicatos, que habían recogido las firmas en tiempo y forma, se vieron claramente perjudicados.

Se trató, así, de la desactivación de un debate público sobre un rango específico de materias con el fin de garantizar un resultado concreto —la aceleración de las privatizaciones y la creación de un «banco malo»—, al que se oponía una parte muy importante de la población que, por entonces, ocupaba las calles del país. Por ello, no es de extrañar que la sentencia indignara a figuras como France Bučar, hombre respetado por su papel como presidente del parlamento durante el proceso de independencia y redactor de la Constitución de 1992, que indicó que el Tribunal se había extralimitado claramente en sus prerrogativas: «¿Desde cuándo —se preguntaba— tiene el Tribunal Constitucional el derecho de valorar el estado de la economía o de las instituciones bancarias? El Tribunal sólo puede juzgar si una determinada regulación legal está de acuerdo con la Constitución o no» (Žižek y Horvat, 2014: 22).

El pronunciamiento de Bučar fue significativo, puesto que el referéndum había sido, durante más de dos décadas, algo más que un mero mecanismo para la participación ciudadana. El referéndum no es un indicador en sí mismo de la democracia, pero su instrumentalización y el modo en que se produjeron los cambios en su regulación pueden dar cuenta de su estado de salud. En Eslovenia, el referéndum, ciertamente, es una auténtica institución; un mito fundacional de la joven democracia. Los referéndums justificaron —y siguen justificando— cualquier consecuencia negativa en nombre de la voluntad del pueblo.

Así, el referéndum del 23 de diciembre de 1990 sirvió de legitimación para la proclamación de independencia, a pesar de las consecuencias previstas ya entonces para el resto de la federación yugoslava. Años después, el mito del referéndum había hecho que se pusieran en cuestión los derechos fundamentales en diversos casos. Por ejemplo, en la consulta de 2001, el 73,3% de los votantes —con una participación del 35,7%— rechazaron que las mujeres solteras pudieran someterse a tratamientos de fertilidad; la de 2004 impidió la devolución de sus derechos civiles a los ciudadanos de la antigua Yugoslavia que habían sido despojados de ellos tras la independencia; o las dos impulsadas por la derecha conservadora en 2012 y 2015 detuvieron las iniciativas parlamentarias dirigidas a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Hoy, en la práctica, convocatorias de este tipo son factibles; mientras que aquellas relacionadas con el ámbito socioeconómico han quedado prohibidas a través de la instrumentalización de las más altas instituciones del Estado. Recurriendo a la jerga del Tribunal Constitucional, la puesta en cuestión de derechos civiles no parece tener «efectos inconstitucionales».

El año 2013 terminó con mínimos históricos de confianza ciudadana en el sistema[3]. La desafección se puso de manifiesto en las elecciones de 2014, que registraron una abstención récord (50,99%) y otorgaron un apoyo parlamentario sin precedentes al jurista Miro Cerar, que había creado recientemente un partido homónimo de orientación tecnocrática.

Reacción a la crisis de los refugiados

Otro episodio que catalizó la tendencia eslovena hacia una democracia más restringida fue la crisis de los refugiados de 2015, gestionada, al igual que la situación anterior, por los partidos social-liberales.

Durante la segunda mitad de ese año, Eslovenia fue el país que más refugiados en tránsito registró en un solo día en Europa[4]. Ello contrasta con el hecho de que, a lo largo de todo ese año, apenas 255 personas solicitaran asilo en el país. Aun así, el gobierno esloveno se ajustó a la tendencia general europea hacia la restricción de movimientos de las personas. En noviembre, poco después de que Austria estableciera un sistema de vallas en la frontera con Eslovenia, el primer ministro esloveno ordenó la instalación, en la frontera con Croacia, de lo que denominó un conjunto de «barreras técnicas en forma de valla para dirigir el flujo descontrolado de refugiados hacia los centros de recepción». Al igual que hizo con la economía en 2013, la tecnocracia excluyó del debate las alternativas a través de la invocación a Europa —las medidas respondían al hecho de que Eslovenia era un «miembro responsable de la UE» y el «guardián de Schengen»— y de la securitización de las migraciones, en tanto los refugiados representaban un «riesgo».

Más adelante, en febrero de 2016, el gobierno reformó la Ley de Defensa con el fin de dar a las fuerzas armadas labores de orden público, siempre que así lo aprobara el parlamento a propuesta del gobierno. Se trataba de la adaptación local a la decisión de cerrar la llamada «ruta de los Balcanes» de los refugiados, que se hizo efectiva el 9 de marzo. Para entonces, los buenos propósitos que habían dado pie al plan de la Comisión Europea para la reubicación y reasentamiento en distintos países —lanzado de manera emotiva por el presidente Juncker en septiembre de 2015— habían degenerado en la firma del acuerdo migratorio con Turquía. El primer ministro esloveno aseguró entonces que ese tratado sería beneficioso para los refugiados, en tanto estos podrían desarrollar su vida en «un entorno cultural más cercano» a sus orígenes.

El tercer acto de esta fase fue la reforma de la Ley de Extranjeros en enero de 2017. Desde la implementación de este cambio, el gobierno, en caso de «amenaza a la seguridad y al orden público», puede realizar devoluciones automáticas al país desde el que entren las personas que ingresen a Eslovenia para solicitar asilo. La medida fue duramente criticada por el secretario general del Consejo de Europa, que señaló que suponía una violación del Convenio Europeo de Derechos Humanos en relación al derecho al debido proceso, la consideración de las circunstancias individuales y la protección de los migrantes y demandantes de asilo.

El maestro de Orbán

Otro elemento a tomar en cuenta en la dinámica hacia la restricción de la democracia en Eslovenia es el papel del Partido Demócrata Esloveno (SDS), inevitablemente ligado al de su líder, Janez Janša. El SDS es una excepción en el sistema de partidos eslovenos, ya que ha mantenido unos apoyos más o menos estables a lo largo de las últimas décadas gracias su base social, mayoritariamente masculina y ubicada en las ciudades de tamaño pequeño y mediano alejadas del litoral. Como organización afiliada al Partido Popular Europeo, mantiene una ideología liberal en lo económico y conservadora en lo social, pero añadiendo elementos propios de la dinámica local. Así, sus posiciones favorables a las privatizaciones se han vinculado a un anticomunismo especialmente áspero, con un discurso que relaciona a los gerentes de las empresas públicas y los cuadros de los partidos social-liberales con el pasado socialista.

En ese esquema, entran toda una serie de enemigos que siempre habrían estado al acecho para terminar con la carrera del líder. Estos, agrupados en la judicatura, los medios de comunicación y la izquierda, se habrían conjurado para llevarlo a prisión en dos ocasiones: en 2014, por cobrar comisiones en un caso de compra de carros de transporte de tropas a Finlandia, y en 1988, por su implicación en la publicación de un artículo en el semanario Mladina que contenía secretos militares. En aquel momento, su figura —junto a la de otros tres involucrados en el caso— se convirtió en la imagen de un movimiento social inicialmente prodemocrático, la llamada «primavera eslovena», que al poco tiempo adquirió un marcado carácter nacionalista y sirvió de precedente para el proceso soberanista.

Otro elemento fundamental en el discurso del SDS tiene que ver con la cuestión de los «borrados», un grupo de más de 25.000 ciudadanos residentes en Eslovenia pero registrados en otras repúblicas yugoslavas, que fueron despojados de sus derechos civiles en 1992, tras la entrada en vigor de la Ley de Extranjeros aprobada tras la independencia. Durante los primeros años, los argumentos justificativos de esa situación fueron desde la negación de su existencia hasta la identificación de estas personas como enemigas del Estado. En 2003, una mayoría parlamentaria social-liberal intentó, en consonancia con una reciente sentencia del Tribunal Constitucional, devolver los derechos civiles a una parte de los afectados; lo cual fue bloqueado a través de un referéndum convocado por iniciativa del SDS. Así, en abril de 2004, menos de un mes antes del ingreso del país en la UE, un 96,05% de los votantes evitó que se implementaran las medidas de restitución, con una participación de apenas un 31,54% del censo debido al boicot impulsado por el centroizquierda.

Trece años después, durante el debate señalado más atrás sobre la reforma de la Ley de Extranjeros tras la crisis de los refugiados, los «borrados» fueron traídos a colación por Janša en su crítica a la gestión de la crisis por parte del gobierno Cerar. En opinión del líder derechista, los eslovenos estaban siendo tratados como ciudadanos de segunda clase frente a los refugiados, en la misma medida en que la izquierda había mimado a los «borrados» en el pasado.

En esa línea, los supuestos privilegios de los que disfrutaban los refugiados en Eslovenia fueron uno de los argumentos recurrentes en la campaña electoral de 2018. En las semanas previas a las elecciones, se vieron por todo el país carteles del SDS con consignas como «1.963 euros por migrante» o «Defenderemos Eslovenia», con fondo de las marchas a pie de los refugiados. El segundo eslogan era muy parecido al utilizado por el primer ministro húngaro y líder del derechista Fidesz, Viktor Orbán, en la campaña del referéndum de 2016 sobre el sistema de cuotas propuesto por la Comisión Europea: «Defendamos Hungría».

Desde un principio estuvo clara la relación entre ambas campañas, a través de las transferencias en el discurso y la participación de Orbán en un mitin del SDS en la ciudad de Celje. En los últimos meses, además, se habían dado a conocer las recientes contribuciones realizadas por propietarios de medios de comunicación afines a Orbán en medios eslovenos cercanos al SDS, como Nova24TV, el semanario Demokracija y la revista amarillista Škandal.

Las relaciones entre Orbán y Janša y la proyección ideológica que dan a sus encuentros no son sólo fruto de la coyuntura actual, en la que el hombre fuerte húngaro necesita ampliar sus alianzas dentro del Partido Popular Europeo. En la visita que el primero realizó a Ljubljana en noviembre de 2012, siendo Janša primer ministro, intercambiaron impresiones positivas el uno del otro, con evidente complicidad entre ambos. Recordaron que su relación venía de lejos y dejaron claro que tendrían que colaborar en el futuro.

En aquel momento, Janša estaba impresionado por las reformar económicas de Hungría y el impacto de la crisis en el empleo, mucho más limitado que en Eslovenia. Orbán, por su parte, presumió de que los cambios en su país también tenían una dimensión de transformación política y social, que se plasmaban en la nueva Constitución. Así, señaló que su país estaba dejando atrás el Estado social para fundar una sociedad basada en los derechos emanados del trabajo. Ya entonces, el Parlamento Europeo había denunciado el retroceso democrático que implicaba aquella reforma. En esa institución, el Fidesz de Orbán encontró aliados en los eurodiputados del SDS, empezando por Milan Zver, considerado en Eslovenia como el ideólogo de Janez Janša. Por ejemplo, en marzo de este año defendió al Fidesz en la Comisión de Cultura, en relación con la libertad de prensa en Hungría; afirmando que en ese país existía más pluralidad e independencia que en Eslovenia, donde la izquierda dominaría supuestamente el panorama mediático.

A diferencia de Hungría, la Eslovenia independiente heredó unas estructuras sociales y económicas sólidas, cimentadas durante el período socialista, lo cual ha limitado el alcance de las ambiciones de Janez Janša. Aun así, el hecho de que sus ambiciones no hayan llegado tan lejos como las grandes mayorías alcanzadas por Orbán no debe ocultar que Janša ha sido el auténtico maestro del político húngaro, tal y como este reconoció durante aquella visita de 2012. Los «éxitos» de transformación política y social de Orbán, en realidad, tuvieron precedentes en la Eslovenia de Janša; un hombre que, tanto en el gobierno como en la oposición, ha condicionado la vida política del país desde hace tres décadas.

Notas

[1] Šarec consiguió pasar a segunda vuelta, en la que fue reelegido Borut Pahor, antiguo líder de la socialdemocracia.
[2] Esto es, la mitad de la media europea, según el Eurobarómetro de otoño de 2017.
[3] El 87% y el 93% desconfiaba, respectivamente, del gobierno y el parlamento, según el Eurobarómetro de la primavera de 2013.
[4] El 21 de octubre se registraron 12.616 ingresos. La entrada de refugiados a lo largo de ese año fue de aproximadamente medio millón de personas, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones.

Bibliografía

Krašovec, Alenka y Johannsen, Lars (2016), «Recent Developments in Democracy in Slovenia», Problems of Post-Communism, vol. 63, nº 5-6, pp. 313-322.

Valicon (2018), «Valicon ogledalo Slovenije 2014-2018» (informe para los medios de comunicación).

Žižek, Slavoj y Horvat, Srećko (2014), What Does Europe Want?, Nueva York: Columbia University Press.

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Las opiniones expresadas en estas publicaciones son propias de los autores, y no representan necesariamente la posición de GEurasia.

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