¿Sigue teniendo interés académico la Europa Oriental en España?

Autor: Jesús de Andrés, Profesor Titular de Ciencia Política, UNED

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Nº: 1/2017 (3 de febrero)


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Claves:

  • El estudio académico de Europa Central y Oriental y el espacio postsoviético en España comenzó a cobrar impulso a partir de la década de los ochenta.
  • Hoy se caracteriza por la dispersión institucional de los investigadores, la creciente importancia del trabajo de campo, la escasa representación de mujeres, la ausencia de centros especializados o publicaciones de referencia, y el insuficiente apoyo desde las administraciones.
  • Tanto su interés científico como su importancia geoestratégica justifican que se reconozcan por fin los estudios del área como una clara prioridad para España.

Key findings:

  • In Spain, the academic study of Central and Eastern Europe and the post-Soviet space started to gain momentum in the 1980s.
  • Today, its main features are the institutional dispersion of researchers, growing importance of fieldwork, low representation of women, lack of specialized centres or major publications, and insufficient government support.
  • The area’s scientific interest and geostrategic importance justify the need to finally recognize this field of research as a clear priority for Spain. 

Los cambios experimentados por los países de la Europa Central y Oriental en los años ochenta, extendidos al ámbito territorial de la antigua Unión Soviética en la década siguiente, atrajeron en España, desde un primer momento, la atención de académicos de varias disciplinas humanísticas y sociales, de profesionales y también de periodistas que, con más ilusión que medios, se plantearon no pocos interrogantes sobre lo que allí estaba sucediendo. La universidad española, condicionada siempre por la escasez de recursos en investigación y sus limitaciones institucionales, se involucró, pese a todo, en el mejor conocimiento de los procesos que tenían lugar en aquella zona geográfica, surgiendo aquí y allá individualidades o pequeños grupos decididos a responder las preguntas que se suscitaban.

Al cabo de los años, los innumerables trabajos publicados y las decenas de tesis doctorales leídas sobre unos u otros aspectos de aquellas transiciones, de sus procesos de consolidación —no siempre democrática— y de su posterior evolución, dan cuenta del interés despertado entonces y del trabajo realizado hasta hoy, no sólo en términos cuantitativos sino, sobre todo, cualitativos. A lo largo de todo este tiempo —no olvidemos que han transcurrido varias décadas— se han ido sumando relevos y son ya varias generaciones de estudiosos las acumuladas: desde el inicial afán aventurero de los pioneros a la temeridad laboral de quienes persisten por los derroteros —nunca mejor dicho— de la investigación científica.

En los párrafos que siguen intentaré haré hacer una reflexión sobre lo que estos estudios han sido, sobre el momento en que se encuentran actualmente y sobre sus perspectivas de futuro. Si su permanencia en el tiempo es indudable, también lo son los altibajos a los que han tenido que hacer frente. En el actual impasse en que se encuentra la universidad española, a la espera de la salida de la crisis que le ha afectado en todos los órdenes, es conveniente reflexionar sobre el camino que los estudios sobre la Europa Oriental y los países resultantes de la desmembración de la antigua Unión Soviética van a tomar de aquí en adelante, más allá de hacer ejercicios nostálgicos de memoria.

Una mirada (breve) al pasado

Antes de la llegada de Gorbachov al poder, allá por 1985, los estudios sobre la Europa del Este o la antigua Unión Soviética eran prácticamente inexistentes en el ámbito académico español. Tan sólo un pequeño puñado de jóvenes investigadores, por razones diversas, se había atrevido a realizar con anterioridad sus tesis doctorales sobre algunos países muy concretos: entre otros, Enrique Palazuelos, Kepa Sodupe, Benjamín Bastida y Teresa Virgili, sobre la URSS, o Rafael Calduch sobre Yugoslavia. Bien es cierto que el interés histórico por lo acontecido en Rusia desde la revolución de 1917 o posteriormente en la Europa que quedó bajo el influjo soviético tras la II Guerra Mundial siempre fue grande, e incluso durante la dictadura se publicaban obras sobre aquella zona.

Sin embargo, sería el relevo en la secretaría general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) de mediados de los ochenta y los cambios emprendidos a continuación en buena parte de la Europa del Este los que alimentarían el interés académico por el área, agregándose poco a poco nuevos doctorandos y profesores e incorporando su estudio a diferentes programas de doctorado. En este sentido, fueron pioneros tanto la creación por parte de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) del Instituto de Europa Oriental (IEO) —inaugurado por Raisa Gorbachova en 1990—, como el inicio de dos programas de doctorado específicos sobre dichos cambios, tanto en el propio IEO como en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

La caída del Muro de Berlín y las transiciones abiertas en prácticamente todos los países de la Europa del Este aceleraron el interés mediático, académico y político por lo que estaba ocurriendo. A partir de ahí se incrementó la edición de libros dedicados a la zona —la mayor parte de tipo divulgativo, pero también algunos con mayor profundidad— y surgieron publicaciones periódicas como Cuadernos del Este, que tras su desaparición tuvo como continuadora, entre 2000 y 2008, a Papeles del Este: Transiciones postcomunistas.

De igual forma, se crearon centros de investigación como el Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Valladolid, el Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI) de la UCM, o la Unidad de Investigación sobre Seguridad y Cooperación Internacional (UNISCI), también de la UCM; centros todos ellos que, si bien no se dedicaron en exclusiva a estos casos, sí contribuyeron a su estudio. También hubo encuentros y jornadas dedicadas a su estudio, entre las que cabe destacar las “Jornadas sobre la Europa Oriental” organizadas por el IEO, los “Encuentros Españoles de Estudios sobre la Europa Oriental” dirigidos por Carlos Flores desde la Universidad de Valencia, las “Jornadas de Transición Económica” dirigidas por Antonio Sánchez, también de la UV, así como otras muchas coordinadas por los profesores implicados desde las universidades en las que desarrollaban su labor.

La lista de profesores e investigadores que desde diversas universidades se fueron incorporando al área, desde muy diversas disciplinas, es tan extensa que es preferible no dar nombres; además de por una cuestión de espacio, para evitar dejar a nadie fuera. En cualquier caso, el lector interesado puede encontrar todo el detalle sobre la evolución de este amplio, heterogéneo y multidisciplinar grupo en los exhaustivos trabajos sobre la cuestión de Francisco Veiga (2000), Ricardo Martín de la Guardia y Guillermo Pérez Sánchez (2001), Raquel Sánchez (2009) y, especialmente, por su detallado recorrido, de Carlos Flores (2009); así como las reflexiones realizadas en su momento por Carlos Taibo (1998).

Todos estos trabajos, en particular los publicados más recientemente, insisten en un hecho básico: el interés por la Europa del Este y la antigua Unión Soviética respondió al desconocimiento que de estos países se tenía cuando allí comenzaron los cambios políticos, económicos, nacionales y culturales que tuvieron lugar. Una vez pasado ese momento inicial, una vez concluidas sus transiciones, el interés mediático —y también el de las instituciones— fue menguando hasta el momento actual. Sin embargo, se consiguió —y a las pruebas me remito— un nivel más que aceptable, homologable a nivel internacional, a pesar de la pertinaz escasez de recursos.

Si hubiera que resumir en pocas líneas las principales características de ese periodo, el iniciado a fines de los ochenta y desarrollado en los noventa, habría que destacar el individualismo de aquellos que emprendieron sus estudios sobre la zona, una ruptura en la forma de investigar con respecto a generaciones anteriores, la escasa presencia de mujeres y la ausencia de tejido institucional. Como ya se ha dicho, el afán pionero despertó el interés de investigadores pertenecientes a diferentes universidades, a distintas áreas de conocimiento y con incentivos diversos. En pocos casos puede hablarse de grupos compactos y tan sólo las publicaciones y las jornadas realizadas consiguieron remediar la dispersión.

En cuanto a las nuevas formas de investigar, cabe reseñar que la investigación estuvo casi siempre apoyada en los viajes a la correspondiente zona, que se comenzó a utilizar la lengua de los países analizados y que se trabajó con fuentes primarias, algo inédito en este tipo de estudios en España hasta ese momento. Por lo que a la presencia de mujeres se refiere, esta fue notablemente menor que la masculina, pero ello no afectó a la calidad de sus trabajos. Por último, el tejido institucional capaz de sostener y fomentar la investigación brilló por su ausencia. A los pocos recursos de los institutos y centros que tímidamente surgieron se unieron las carencias crónicas en el apoyo a la investigación de nuestro país, lo que a la postre favoreció que, una vez pasado el empuje inicial, estos estudios perdieran fuerza.

El presente (aquí y ahora)

Si analizamos la situación actual de los estudios sobre la Europa Oriental desarrollados en España desde las diferentes ciencias sociales, nos encontramos con una situación paradójica: nunca han estado tan bien en cuanto a la calidad de sus investigadores, a la vez que reciben menor atención y, por ende, tienen menores recursos que otras épocas. La actual generación, protagonista de la mayor —y mejor— producción científica sobre la materia, se encuentra, dejando al margen aquellos que pese al tiempo transcurrido se han mantenido en la brecha, en un delicado momento profesional debido a las pocas perspectivas de asegurar una carrera académica o investigadora. Tras la inversión realizada en los años noventa y a comienzos del nuevo milenio, ahora se pueden recoger los frutos del trabajo realizado: la cosecha que, en forma de tesis doctorales o publicaciones internacionales, demuestra que, pese a sus deficiencias, se hizo bien el trabajo. Sin embargo, en lugar de aprovechar esas nuevas dinámicas, el vigor renovado de los llegados más recientemente, el panorama desolador de la universidad y de la investigación supone un jarro de agua fría a quienes se han sumado confiando en encontrar, además de una salida a su curiosidad intelectual, un rumbo profesional más o menos previsible.

A ello hay que añadir un problema crónico como es la ausencia de un centro dedicado al estudio de estos países. Ya se ha señalado la efímera existencia del Instituto de Europa Oriental —que llegó a contar con sedes en Madrid, Moscú y Kiev, y corresponsalías en todas las repúblicas soviéticas—, sin que nadie desde la universidad ni desde los diferentes ministerios potencialmente interesados en su existencia haya hecho nada por recuperar aquel o fundar uno nuevo. Al contrario de lo ocurrido con otras áreas geográficas, que sí han merecido la atención de los gobernantes de turno, la Europa Oriental no ha conseguido despertar el interés de sus potenciales mecenas. Así, en los últimos lustros se han creado entre otras la Casa de América, la Casa Asia o la Casa del Mediterráneo, sin que una hipotética Casa de Europa Oriental haya tenido el atractivo suficiente como para ponerse en práctica.

La labor desarrollada en la actualidad por instituciones como el Real Instituto Elcano, la Fundació CIDOB, la oficina en España del European Council on Foreign Relations (ECFR), el Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI), el Observatorio de Política Exterior Española de la Fundación Alternativas, el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de la UNED o el Instituto de Cuestiones Internacionales y Política Exterior (INCIPE), entre otras, cubre el hueco aunque no de forma exclusiva; ya que sus objetivos e intereses son múltiples y dispares, cuando no compiten directamente entre ellas. En buena medida, algunos destacados investigadores han encontrado espacio en estos centros, que además poseen buenas redes de comunicación, lo cual permite una divulgación activa e inmediata de los trabajos, en particular los informes coyunturales sobre temas de actualidad.

De esta forma, aunque se siguen organizando jornadas, seminarios, cursos de verano y encuentros desde las distintas universidades —tantas como investigadores—, no hay un congreso, una asociación profesional o una publicación de referencia capaz de aglutinar la notable dispersión en la que se mueve el área. Incluso un encuentro bianual como el desarrollado durante una década en Valencia, prácticamente gracias a la osadía y esfuerzo de un solo investigador, se antoja algo ilusorio hoy en día.

Tampoco hay una editorial especializada que se haya atrevido, con buen tino económico posiblemente, a alumbrar una colección específica sobre estos estudios. Es cierto que algunas editoriales privadas (La Catarata, Tirant lo Blanch, Biblioteca Nueva…) o universitarias (Complutense, de Valladolid, de Barcelona, de Valencia, etc.) han incorporado a sus catálogos algunos títulos destacados sobre la cuestión, pero estamos lejos de conseguir la constancia que se requiere para ser la referencia que pretendemos. De igual forma, no hay una revista monográfica sobre la Europa Oriental y el espacio exsoviético. La divulgación de publicaciones personales a través de las redes sociales intenta disimular las carencias que en este sentido tenemos, aunque la aparente comunicación entre los distintos investigadores no consigue ocultar el hecho.

Por último, tampoco hoy en día hay programas específicos de doctorado, máxime cuando los estudios de doctorado se han reformado haciendo prácticamente imposible un programa definido en ese sentido y dificultando la elección de temas relacionados con el área geográfica. Los nuevos doctorandos tienen otros temas de interés. Una vez pasada la avalancha de lecturas de tesis doctorales a que han conducido las reformas en los estudios de tercer ciclo y amortizadas las todavía pendientes, veremos realmente de qué forma ha afectado la reforma a esta vía de fomento de la investigación especializada.

¿Hay futuro?

Pese al pesimismo que puede derivarse de la lectura del epígrafe anterior, hay algunas señales que invitan al optimismo. En primer lugar, la calidad de los trabajos, de las tesis doctorales y de las publicaciones que se están realizando en los últimos años. Aunque no se pueden comparar los diferentes momentos históricos, es más que probable que lo realizado antaño no admitiera una mínima comparación con lo actual. En segundo lugar, la existencia de una cantera todavía joven que, aunque limitada en el desarrollo de sus expectativas profesionales, sigue empeñada en desarrollar una carrera investigadora. En tercer lugar, el reconocimiento internacional de buena parte de nuestra investigación, inserta en grupos con integrantes de diferentes universidades de otros países, que conoce sus temas sobre el terreno y que se maneja a la perfección en sus diferentes áreas de investigación. Por último, las posibilidades de comunicación, divulgación del conocimiento y difusión de la investigación que ofrecen las nuevas tecnologías, lo cual permite —pese al sempiterno aislamiento— una mayor y mejor comunicación entre los distintos especialistas.

Si retomamos la pregunta realizada en el título, parece evidente que el estudio de lo que ha acontecido y acontece en la Europa Oriental y en los países resultantes del colapso soviético sigue teniendo interés. Lo tiene por sí mismo, ya que sigue habiendo un nutrido e ilusionado grupo interesado en ello, y lo tiene desde el punto de vista del interés académico e investigador de nuestras universidades; pero también desde el punto de vista nacional y, si se quiere, geoestratégico, toda vez que los cambios acontecidos en aquella zona están lejos de haber finalizado y los conflictos hibernados o en desarrollo están lejos de haber desaparecido. Dicho lo cual, si no queremos un retroceso inevitable, deberán aligerarse las dificultades que tienen quienes a ello se dedican. La falta de apoyos institucionales, la escasez de ayudas para investigadores, las trabas burocráticas y las limitaciones de personal en las universidades y centros de análisis parecen indicar el poco interés que tiene la investigación, al menos para quienes están fuera de ella.

Mientras esperamos la llegada de tiempos mejores, aunque vacunados como estamos de promesas de radiante porvenir, cabe organizarse para conservar lo que hasta ahora se mantiene. Las nuevas propuestas electrónicas, en forma de revistas, papers, blogs o páginas webs, permiten el acercamiento, la creación —a pesar del aislamiento y la distancia— de cierto sentimiento de comunidad y, sobre todo, la transmisión de información y la divulgación del trabajo propio y ajeno. Por encima de disputas en los planteamientos o de rivalidades por intereses más o menos confesables, cabe esperar a que algún grupo o particular se anime a concentrar los esfuerzos en forma de publicación o asociación profesional; embrión desde el que se podría pensar en la organización de futuros encuentros o congresos de amplio espectro.

En ese sentido, el Grupo de Estudios de Europa y Eurasia (GEurasia), recogiendo el trabajo desarrollado desde 2006 como Eurasianet.es —y parte de la herencia señalada en este texto—, se presenta como lugar de encuentro de la comunidad virtual de investigadores que desde un planteamiento multidisciplinar abarca a las distintas ciencias sociales y tiene por objeto el estudio de la Europa Central y Oriental, los Balcanes, la Federación Rusa, el Cáucaso y Asia Central. Quienes integramos GEurasia no hemos perdido la ilusión de constituirnos como referente para los estudios de esta compleja zona, contribuyendo en la medida de lo posible al resurgimiento, desde parámetros de exclusiva calidad, del interés por los mismos.

Bibliografía

Flores, Carlos (2009), “Dos décadas de estudios sobre la Europa oriental en España: un intento de sistematización”, en Flores, Carlos (ed.), España y la Europa oriental: tan lejos, tan cerca, Valencia: PUV, pp. 713-778.

Martín de la Guardia, Ricardo y Pérez Sánchez, Guillermo A. (2001), “La Europa del Este en la historiografía española de las relaciones internacionales”, Ayer, nº 42, pp. 125-148.

Sánchez, Raquel (2009), “Historiografía española sobre Europa Central y Oriental. Nacionalismo, transiciones poscomunistas y relaciones culturales”, Revista de Historiografía, nº 10, VI, pp. 42-50.

Taibo, Carlos (1998), Las transiciones en la Europa central y oriental: ¿copias de papel carbón?, Madrid: Los Libros de la Catarata.

Veiga, Francisco (2000), “The Situation of Research in the Social Sciences on Eastern Europe: A Spanish Overview”, GESIS Newsletter – Social Science in Eastern Europe, nº 2.

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Las opiniones expresadas en estas publicaciones son propias de los autores, y no representan necesariamente la posición de GEurasia.

 

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